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ARRESTED DEVELOPMENT  Mucho más que una familia disfuncional, el síndrome instalado por Arrested Development supera cualquier impostura. Lejos de la representación y la función antropológica, la velocidad es la madre de todos los vicios que componen las virtudes y defectos de esta serie. Su densidad humorística, compuesta de quiebres, salidas y enredos, sus escalas argumentales, sus rizos obsesivamente temporales y la voz en off (Ron Howard pertenece a ningún tiempo), suceden con una precisión quirúrgica, burlando el aparato mismo de la televisión y las convenciones gráficas (el cuadro) del reality show. Más interesados en dinamizar (como en un laboratorio experimental) la historia que contarla, Arrested Development redefine entre otras cosas una vieja institución: el gag y el personaje extraño en una serie extraña, que quiere pensar y piensa por sí misma, como un pensador privado formando un concepto con una fuerza innata, vulgar e inteligente. Todo lo que necesitábamos de la televisión.
J. Ayala / 9 de Agosto del 2008
WEEDS  Norteamérica invento un gran género: el suburbio. Extendido e insertado en la conciencia americana como un modelo (dis)funcional de espacio, economía, poder y confort, hoy, la vigencia del suburbio como parte del Sueño Americano se transforma y discute en la ficción. Desde los clásicos y grandes maestros del género (Cheever, Irving, Bellow) hasta los más contemporáneos (Knight, Franzen, Homes, y en el cine Solondz y Field), arribó a su más grande institución: La Familia. Atrás quedaron los cuadros ironizados por Rockwell y oscurecidos por Lynch en Terciopelo Azul. Su figura tiene hoy el perfil de la tragicomedia. Lo que antes encarnaba un sueño encarna hoy un trauma donde la supervivencia, la hipocresía y la locura ocupan el lugar central de representación. Ya no hay hemisferios inconscientes, todo está en la superficie.
Weeds, otra de las exitosas y muy bien elaboradas series de Showtime, activa una paradoja: nos acercamos al fin del suburbio y a su etapa más esplendorosa. Weeds inocula dentro de la médula espinal del barrio todo su veneno, cuestionando la estabilidad del suburbio y su representación en la conciencia del imaginario americano. Las cajas de cemento y el laberinto asfáltico de la comunidad de Agrestic se convierten en la ruta que conduce a Nancy Botwin, una ama de casa de clase media que ha quedado viuda y tiene que cargar con el peso de toda una familia: un hijo adolescente que descubre al sexo opuesto, un niño esquizo, intermitentemente frágil, obsesionado con su padre muerto y prometedor director de video confesionales al más puro estilo talibán, junto a un rehabilitado que descubre el nuevo oficio de su cuñada: Nancy Botwin se ha convertido en una dealer exitosa. Sí, para mantener la economía doméstica tiene que vender marihuana dentro de su propio barrio: “¡Soy una traficante de drogas!”, se descubre Nancy al darse cuenta que nadie la supera. Weeds se convierte en los escasos pero potencialmente fulminantes 24 minutos que dura cada capítulo, en situaciones donde desfilan subgéneros como el policial (al final de la primera temporada Nancy descubre que su nuevo amor es un superagente de la DEA), el sit-com, el melodrama psicofamiliar y el humor negro (a veces verde) de la mejor caricatura de comedia familiar norteamericana. Y la introducción de la serie no podía ser menos genial, combinando dentro de la caja nunca antes mejor llamada boba, la corrosiva y bienamada voz de Malvina Reynolds y su Little Boxes, mientras observamos en la pantalla una seguidilla de imágenes de lo que parece ser una versión soft y edulcorada de las fantasías clónicas de humanos en serie de Michel Houellebecq.
Llegué tarde a la bellísima Mary-Louise Clarke como llegué tarde a Weeds – a 3 meses de estrenar una cuarta temporada- y llego tarde a casi todo lo demás. Pero es mejor así (¿hay acaso alguna otra forma para conocer en todo su esplendor vital a Mary-Lousie Clarke?), Nancy Botwin y compañía (donde destaca una inolvidable Elizabeth Perkings) nos han devuelto el mayor de los placeres: descubrir un personaje. J.Ayala / 5 de mayo del 2008
DEXTER 
Mientras Fox transmite la primera temporada para Latinoamérica, Showtime promete ya una tercera de la serie más exitosa de la cadena Showtime. El axioma hitchcockiano de “mientras más malo el malo, más interesante la película” tiene aquí un efecto estacionario que se hace posible con Dexter, el asesino serial que arrancó el suspiro de “que malo tan bueno”, un perito cuya labor es analizar las pesquisas grafosanguíneas en el mismo lugar del crimen con un talento que lo define inmediatamente como una rareza dentro del cuerpo policial de Miami. De día, Dexter –el fascinante Michael C. Hall- es un eficaz forense especialista en la trayectoria de la sangre. Y de noche es un asesino serial instruido ética y técnicamente por su padre, un ex jefe de policía que alivia y canaliza los oscuros impulsos de su hijo: “Asesina solo asesinos”. Y “tienes que ser el mejor”. De este modo Dexter se encarga de limpiar la zona: los persigue, estudia, asesina y arroja los cuerpos troceados al mar. Así seguimos las obsesiones de Dexter mientras se enamora y es perseguido por una sombra de su pasado que altera su pasatiempo: un asesino serial invade Miami. Podría tratarse de un asesino común pero Dexter intuye en las evidencias un serio mensaje personal: “he mejorado tu técnica”.
La segunda temporada comienza cuando unos pescadores descubren en el océano glamoroso de Miami los cuerpos troceados por Dexter. La pregunta de “¿quién pudo haber hecho pedazos los cuerpos?” es entregada a la misma estación de policía donde labora Dexter. Todo esto confluye mientras oímos una estupenda banda sonora compuesta por Daniel Licht.
J. Ayala / 11 de abril del 2008
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