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RETRIBUTION, UN FILM DE KIYOSHI KUROSAWA



“Yo soy un maestro en fantasmagorías”
Arthur Rimbaud


Kurosawa no cesa de hacer pliegues. Su cine, rasgado y rizomático, no remite a una esencia ni a una lectura sustancial. Se curva y se recurva. Como el Barroco, remite a una función operatoria y se prolonga hasta el infinito. Se nos escapa constantemente de las manos y encuentra su materialidad en la física: si algo caracteriza la acción policial es su afinidad con el vacío. La figura del detective permanece siempre agujereada y se constituye en aquello que Lacan denominó “el callejón sin salida”: el sujeto se establece en la rivalidad y la identificación con la imagen de El Otro: El Fantasma.

Más que un ente o un fenómeno paranormal, el fantasma es en Retribution una producción psíquica, imaginaria, un desvío, casi una evolución teórica que sería la delicia de cualquier lacaniano obsesionado en descubrir símbolos. En Retribution, Kurosawa teje “una intriga que se anuda y se desanuda, se trata de un cuadro viviente, de una suspensión de la imagen donde la acción se limita a algunos gestos de naturaleza perversa” (Lacan dixit). Kurosawa reconoce en la imagen, sobretodo, que el fantasma es una escena: el diseño en Retribution pone énfasis en la ensoñación diurna y sus lugares (la ciudad es aplastada y demolida por la luz), su tiempo (el pasado es siempre lo que viene después), su luz (nunca tan densa: Kurosawa graba el suspenso usando toda la crudeza de su crudeza), el color y el sonido, con un carácter muy siniestro: lo familiar se torna extraño y se manifiesta todo lo que debió haber quedado oculto y secreto.
El orden de las cosas está en su cambio de registro, de lo inconsciente a lo consciente y viceversa; entre lo real (la muerte) y lo imaginario (una imagen del cuerpo). Se quiebra el principio de realidad y se pierde, el tejido de la experiencia se descompone y todo lo que la sostiene y la configura desaparece.

Con el fantasma, Kurosawa elude en Retribution la cuestión de lo simbólico para convertirse una vez más en laberinto múltiple y trazar, como el origami, a su modo, un genuino arte del pliegue.


J. Ayala / 9 de Agosto del 2008

LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA, UN FILM DE JULIAN SCHNABEL


Aparte de convertirse muy pronto en el órgano que transformará la ciencia del trauma y los recuerdos perturbadores, el ojo es el sentido que se convierte en el turista accidental del nuevo relato de personajes-síndromes (Jean Michel Basquiat, Reynaldo Arenas) de Julian Schnabel. El personaje elegido es Jean Dominique Bauby, ex editor de la revista Elle, despertando de un coma en medio de una pesadilla kafkiana (la pesadilla del mundo contemporáneo: vivir fuera del cuerpo, fuera de los sentidos), convertido en una pieza de museo de cera luego del accidente cerebrovascular que fracturó su sistema nervioso y dejó inútil la totalidad de su cuerpo (locked-in syndrome). Bauby recibe la noticia mientras intenta enfocar el mundo exterior que aparece y se representa frente al ojo-cámara en una especie de casting morboso, plagado de planos detalle y toda la movilidad de la lente. Su cuerpo, primera realidad del hombre, ha desaparecido. Su mente debe de construir un escenario para existir y dar sentido a la incapacidad de materializar sus afectos y experiencias del pasado: por medio de un código obturador, apoyándose en la suerte de bellas prótesis (espléndidas Marie Josee Croze y compañía), Jean Dominique Bauby logra interactuar y comunicarse. Un recuerdo (el recuerdo de su cuerpo –aquí recompensando- esquiando, arrojándose al vértigo de una montaña) activa la conciencia de sus posibilidades, logrando vivir en el deseo y en la acción al mismo tiempo, hurgando en el pasado para reactivar estos nuevos espacios y dejar huellas de su paso atravesando la escritura. La voluptuosidad del recuerdo en la mente convierte a Bauby en una presencia: deviene contemporáneo. “Si un texto solo existe cuando es leído”, un cuerpo solo existe en la alteridad, cuando es tocado. Bauby desarrolla afectos sin tocar, alejándose corporalmente mientras se acerca mentalmente.

La única fábula de La escafandra y la mariposa es visual: Schnabel plantea la posibilidad de experimentación por medio de la interpretación. Y en relación con Bauby, logra recuperar la conciencia de que somos capaces de construir nuevos escenarios.

J.Ayala / 11 de abril del 2008

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