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Chungui, horror sin lágrimas, de Luis Felipe Degregori (Perú, 2010)

Director: Luis Felipe Degregori
Fotografía: Carlos Barrios Miranda
Edición: Carlos Barrios Miranda
Sonido: Héctor Sanchez Ojane
Música: Álvaro Hurtado
Producción: Buenaletra Producciones
Intérprete: Edilberto Jimenez
Duración: 62 minutos

Este documental, acerca de un dibujante y retablista ayacuchano que dibuja, pinta y modela en pequeños personajes nuestra historia, no solo es un documental necesario en nuestro país debido a la necesidad de preservar la memoria del horror vivido hace pocos años, sino que además, nos presenta la violencia de una manera poco usual, como no he visto antes en ningún documental peruano. Vivimos la muerte a través de dibujos, vivimos las violaciones a través de dibujos, vivimos las mutilaciones a través de muñecos que están encerrados en retablos de madera, como si cada retablo en el fondo fuera un país en miniatura, un país llamado Perú y que se desangró a lo largo de muchos años, enfrentando hermanos contra hermanos. El horror lo vivimos a través de las palabras de mujeres y hombres que vivieron la guerra de cerca, en carne propia, en sus hijos y esposos, en su dignidad y pobreza. No nos quedamos indiferentes ante las palabras de estas madres andinas que fueron violadas y que perdieron a sus familiares en manos de Sendero Luminoso y el Ejército, y reconstruimos el horror más allá de estas palabras a través de la obra de este artista ayacuchano, que, como tantos otros, terminó por venir a la capital a buscar la paz y las oportunidades que no tenía en su tierra. Chungui es uno de los tantos pueblos olvidados de nuestro país, olvidados en la época del conflicto y luego olvidados cuando ya el país empezó a reconstruirse. El horror se vive con lágrimas, al menos en la sala de cine y cuando la memoria aún nos trae recuerdos. Como lo ha dicho el mismo Felipe Degregori, director de este documental de visión obligatoria: si se olvida el horror, este puede volver a repetirse. Todos los peruanos, pero sobre todo las nuevas generaciones, deberían de ver este documental, para saber de dónde vienen y hacia dónde no deberían nunca volver a ir.

Rossana Díaz Costa

HOTEL ATLÁNTICO, DE SUZANA AMARAL (BRASIL, 2008)

Directora: Suzana Amaral
Guión: Suzana Amaral
Fotografía: Jose Roberto Eliezer
Edición: Ide Lacreta Música: Luiz Henrique Xavier
Producción:
Ary Pini, Lia Pini
Duración: 107 minutos
Intérpretes: Julio Andrade, Mariana Ximenes, Joao Miguel, Gero Camilo, Helena Ignez, Luiz Guilherme, Andre Frateschi, Lorena Lobato, Marcia martins, Renato Dobal, Walter Breda, Esther Benevides, Tina Rinaldi, Jiddu Pinheiro.

Conocemos muy bien a los personajes del gran escritor portugués Joao Gilberto Noll: son seres errantes, sin nombre, que derivan intentando producir un (sin) sentido a su identidad y deciden el viaje como la transferencia de todos esos deseos, pulsiones y delitos (buscar el Yo es verdaderamente un delito). Los accidentes, la muerte y la enfermedad actúan como pequeños laboratorios que transforman las cosas, los cuerpos y las materias.

A sus 78 años de edad, Suzana Amaral adapta la novela del portugués confirmando que es verdaderamente una cineasta arriesgada, sin miedo al error o a la equivocación. Mantiene una vocación genuina por la experimentación, fuera de la lógica del producto acabado. Amaral es fiel a la estética inconfundible del portugués: una extraña precisión poética, universos mínimos que tienden a la desintegración y son pasajeros. Amaral ya había demostrado mucho antes este extraño modo de fidelidad adaptando una novela de Clarice Lispector (una suerte de madre espiritual del escritor portugués).

En Hotel Atlántico tenemos un espacio hueco en el que “el artista”, como es bautizado nuestro personaje sin nombre, inicia su propia destrucción física y moral, del yo y de su propio cuerpo -su propia identidad-, provocando una especie de nihilización, la reducción a una nada donde todo es posible, donde el yo puede decir –dándole la razón a Rimbaud- que es otro. Cada lugar, cada llegada, se configura como un rito de paso (la práctica de una transformación o cambio) para nuestro artista, buscando en lo cotidiano el deseo latente de las personas, provocándolo, descubriéndolo, despertándolo e incluso sustituyéndolo por los deseos que él mismo impone. El uso del tiempo y el espacio escapan a las reglas convencionales. El artista sobrevuela en una especie de deriva psicogeográfica, imponiendo el andar como una práctica estética y sus propios ejercicios de libertad subjetiva.

Amaral nos confirma con Hotel Atlántico lo mismo que nos venía confirmando hace tiempo la buena literatura: no se trata sólo de contar historias.

Jorge Ayala

Retrospectiva de María Novaro / Danzón (México, 1991)

Qué fascinante es el espectáculo del baile de salón. Qué sensual es el ritmo del Danzón y que bella es Danzón de María Novaro. El film data de inicios de los años 90, pero se siente atemporal, como una invaluable pieza de colección. Es un tipo de cine que ya no se estila y que se extraña. La anécdota es sencilla pero emotiva, como las que relatan las hermosas canciones y melodías que pueblan la banda sonora del film. Agustín Lara, Toña la Negra y hasta Schubert y su famosa Serenata se pasean por el puerto de Veracruz embriagando el aire a punta de puro sentimiento. Julia (María Rojo), la protagonista, llegará a este lugar en busca de un amor huidizo y extraviado. No lo hallará, pero en su lugar conocerá otras mujeres que entienden de amor porque tararean canciones que les dan sabiduría. Danzón es una película acerca de la sensualidad de lo femenino, que hipnotiza a los hombres hasta transformarlos en mujeres, y a otros los hace zarpar a tierras lejanas, enamorados y confundidos. Lejos de ser folklórica, la película se rinde ante Veracruz, con sus enormes barcos y su luz de verano. Pero también ante el Danzón, un legado musical que pervive en salones gigantescos bañados a media luz. A Danzón hay que saber escucharla para comprenderla mejor.

Enrique Vivar

MOSCÚ DE EDUARDO COUTINHO

Director: Eduardo Coutinho
Fotografía: Jacques Cheuiche, Alberto Bellezia
Edición: Jordana Berg
Sonido:
Valeria Ferro
Producción: Videofilmes
Duración: 80 minutos

Del teatro sabemos que las sociedades han sabido reservarlo como uno de sus espacios de reflexión, con la idea de que la colectividad se pueda mirar a sí misma. Coutinho hace en Moscú un ejercicio inverso: hace mirarse al teatro. La cámara de Coutinho desarticula dos zonas (íntimas) aparentemente nítidas y muy estrechas, como lo son el escenario y la sala, para mirar, sentir, escuchar y evaluar. Y en definitiva, hacer algo mucho más complejo: otorgar sentido a las interacciones. La cámara, como el gran arte, obliga, exige a los actores algo más que cumplir con determinados roles. Los  obliga a encontrarse permanentemente en representación, casi como si fueran vedettes, donde nada, incluso fuera del escenario, debe escaparse: ningún estado de ánimo, ninguna opinión, nade de sus vidas debe escapar a la cámara.
Lo particular de Moscú, más que explorar la línea entre la verdad y el rendimiento, es explorar el grado de configuración de la cámara y los grados de intervención del observador para otorgar sentido. Incluso los grados de complejidad que existen entre el uno y el otro: ejercicios de posición y puntos de vista, sistemas de interacción, el juego de adoptar el punto de vista del uno  y adoptar el punto de vista del otro, formas de alteridad, la cámara como un metasujeto, las diferencias de ver la actuación del otro y ver nuestro propio actuar como si fuera el actuar de los otros. Coutinho logra producir entre todos estos juegos un milagro, algo que rompe con la idea de representación: el simulacro de una presencia.

Jorge Ayala

BEDEVILLED DE DE JANG CHEOL-SOO (2010)

Director: Jang Cheol-so
Guión: Jang Cheol-so
Fotografía: Gi-Tae Kim
Edición: Mi-joo KIM
Música: Tae-Seong Kim
Producción: Park Kuy-Young
Duración: 115 minutos
Intérpretes:     Min-ho Hwang, Min Je,     Lee Ji-eun-i, Jeong-hak Park, Ji Sung-won, Seo Yeong-hee

Una mujer, con una sensibilidad menor para inyectar algo de empatía a su trabajo y definir como testigo circunstancias amenazantes para la vida de los demás, es despedida de su trabajo y se toma unas cortas vacaciones para visitar la isla de Moodo, donde alguna vez vivieron sus abuelos, reencontrándose con Bok-nam, una vieja amiga de su infancia a la que prometió en algún momento regresar y llevársela a Seúl, luego de 20 años. En este viaje descubrimos que Moodo es una pequeña comunidad de decenas de personas, en su mayoría mujeres de edad ya avanzada, que protegen la irresponsabilidad de la segunda generación de habitantes del pueblo: los hombres. Bok-nam está casada con uno de ellos y “sufre” toda clase de abusos, desde el maltrato físico, la violación de su cuñado, las repentinas infidelidades de su esposo con una prostituta, el acoso sexual que permanentemente sufre su pequeña hija por parte de este y, sobretodo, el apoyo de estos abusos por parte de todas las mujeres mayores de la comunidad. Bok-nam ve entonces en Hae-won su única esperanza de salir de la isla pero Hae-won reluce nuevamente esa escasa empatía que vemos al inicio del film y prefiere “castigar”nuevamente a Bok-nam, que tras ser descubierta intentando escapar, recibe esta vez el mayor castigo y pérdida que puediera merecer.
Lo que hasta ese momento ha sido una suerte de retrato costumbrista del pueblo, deviene en una suerte de fantasía gore desde que Bok-nam recibe un mensaje del sol y comienza una salvaje y sangrienta cacería en busca de su venganza. Sólo se posee lo que verdaderamente no se ha tenido, y esto es lo nos muestra Bok-nam, convertida en una serial killer que despedaza todo lo que se encuentra a su paso con una vehemencia arrolladora. Y sobretodo, con un realismo realmente mágico.

Jorge Ayala

FLORES DEL DESIERTO DE JOSÉ ALVAREZ (2009)


Director: José Alvarez
Fotografía: Pedro González-Rubio, Fernanda Romandia
Edición: José Luis Fernández Tolhurst
Música: Martin Delgado
Producción: Nicolás Celis, Hugh Fitzsimmons, Fernanda Romandia, Jaime Romandia
Duración: 107 minutos

Al director mexicano José Alvarez el encargo le quedó muy grande. Los wixárikas, una comunidad con una cultura muy original de los estados mexicanos de Jalisco, Nayarit y Durango, prometieron revelarle todos los secretos de cada uno de sus rituales, con el fin de dejar memoria y heredar cada detalle de su sabiduría, basada en una armoniosa concepción del mundo que incluye el respeto y veneración de cuatro unidades elementales: el mar, el peyote, el venado y el maiz, conjunción que designa los elementos sagrados de su cultura. Llama la atención que Alvarez se haya tomado la libertad de incluir en su documental, algunas anécdotas como algunas revelaciones que en su dialecto hacen los wixárikas de su trabajo, pero que no se haya permitido trabajar con mayor detalle cada uno de los elementos de veneración de esta cultura. Secuencias como la “caza del peyote” o la “caza del venado”, pudieron ser tratadas con mayor detalle y menos anécdota. Hubiese resultado sumamente interesante detenerse un poco más en cada una de estas experiencias para poder capturar la magia, el misterio y sobretodo la sabiduría de cada uno de estos rituales. El registro final queda a la memoria simplemente como un anecdotario.

Jorge Ayala

LASCARS DE EMMANUEL KLOTZ Y ALBERT PEREIRA-LAZARO (2009)

Director: Emmanuel Klotz, Albert Pereira-Lazaro
Guión: Alfonso Albacete,  David Menkes, Ángeles Gonzales-Sinde
Edición: Thibaud Caquot
Música: Lucien Papalou, Nicholas Varley
Producción: Emmanuel Franck, Philippe Gompel, Roch Lener
Duración: 96 minutos

Intérpretes: Vincent Cassel, Diane Kruger, Frédérique Bel

Desde las extremidades de la cultura callejera del hip hop y el graffiti, y las coprolálicas consecuencias de su estilo, acompañada de una perezosa y muy fácil traducción, Lascars es la adaptación cinematográfica de una serie de televisión de finales de los 90 y forma parte de la sección Semana de la Crítica del festival. Es una comedia que no ha sido escrita por comediantes,  apelando a la mimetización y la empatía con un contexto sin arriesgarlo. Irreflexiva. Es un humor fácil, como el que a veces vemos en la televisión.
A pesar de los buenos comentarios con que llega, Lascars, si ya estás sentado en la butaca, se convierte únicamente en la oportunidad de oir un buen puñado de canciones.

Jorge Ayala

Retrospectiva de Jacques Tati

Existieron muchos directores que en una primera etapa del cine mudo establecieron las reglas del gag, del humor, de la comedia. Hasta la fecha, las fórmulas para hacer reír de Chaplin, Keaton, los hermanos Marx y, por supuesto, el gran Jacques Tati, siguen ahí, como si fueran la biblia de los comediantes de todos los tiempos. Lo cierto es que Jacques Tati (1907-1982) creció viendo cine mudo y con la influencia del music-hall, y cuando llegó el momento de hacer reír, puso en marcha todo lo aprendido por sus maestros, pero con un tono nuevo, un sentido del humor francés y un mundo para reírse que ya estaba más anclado en la modernidad del mundo. Ahí está entonces el cartero de Día de fiesta (1949), tratando de emular la velocidad de los americanos y empotrándose contra los árboles en su torpeza, acompañado, eso siempre, por los sonidos de los animales y la campanilla de su bicicleta, que nos anuncian nuevos accidentes. Y luego está también el personaje entrañable de Monsieur Hulot (Las vacaciones del señor Hulot, 1953), con su sombrerito y su pipa, tratando de sobrevivir entre pequeño-burgueses de veraneo, fracasando nuevamente debido a su torpeza. Y este mismo personaje que se fue de vacaciones con su sombrerito y su pipa se convierte luego en Mi tío (1954), una vez más luchando contra los elementos, en una casa absurdamente moderna, aunque esta vez, eso sí, hay alguien que quiere ser como él: su sobrino. Ahí están las puertas que se abren con controles remotos, como por arte de magia, pero vistas desde el humor de un nostálgico tierno que se niega al cambio del mundo. Porque de este deseo se nutre principalmente su cine que viene luego (Playtime, 1967; Trafic, 1971; Parade, 1974), tanto así que en su última película regresa al mimo, al circo, en plenos años setenta, como tratando de luchar contra los tiempos.

Rossana Díaz Costa

El Escritor Fantasma, de Roman Polanski (Francia, Alemania, Reino Unido, 2010)

Director: Roman Polanski
Guión: Robert Harris y Roman Polanski (basado en la novela homónima de Robert Harris)
Fotografía: Pawel Edelman
Música: Alexandre Desplat
Producción: R. P. Productions
Productores: Robert Benmussa, Alain Sarde, Timothy Burrill
Duración: 128 minutos

Intérpretes: Ewan McGregor,Pierce Brosnan, Kim Cattrall, Olivia Williams, Timothy Hutton, Tom Wilkinson, Eli Wallach, James Belushi

Polanski en su salsa. Personaje cándido, tarugo cual cervatillo, cuya tremenda ingenuidad le hará dirigirse directamente a las entrañas de un bosque tenebroso, en el que se verá rodeado de lobos, zorras, hienas, serpientes, buitres y otros aterradores animales del espectro político internacional. Ewan McGregor interpreta de este tonto con sonrisa de niño zamarro (nunca mejor utilizado), el cual es convocado por una prestigiosa compañía editorial para terminar de escribir las memorias de un conocido personaje político que fueron dejadas inconclusas por un anterior colega, un escritor fantasma como él, encontrado sin vida en una playa desierta. Tentado por los verdes dólares y creyendo que aquella muerte fue un simple suicidio, aceptará sin meditar la suculenta oferta, sin imaginar que le escribirá la biografía al mismísimo Belcebú; pero claro, el Belcebú de estos tiempos no tiene cuernos ni cola ni trinche, ni vive en el ardor eterno. No, el Belcebú de hoy está enquistado en la política de alto vuelo; puede ser el presidente de una nación o el primer ministro de otra; puede estar acusado de utilizar los derechos humanos como una toalla sucia descartable, y al mismo tiempo vivir en una casa de playa de lujo fingiendo escribir las memorias de su vida. En el caso que nos toca, Belcebú, tiene la maquiavélica sonrisa del Primer Ministro Británico Tony Bl… perdón, Adam Lang (Pierce Brosnan, bocatto di cardinale), a quien el nuevo fantasma conocerá, entrevistará e investigara, sólo para descubrir que es una pieza más dentro de un engranaje infernal mucho más grande, con otros demonios a quienes les tiene que rendir cuentas. Ahora su pobre vida estará comprometida hasta el cuello, y Mr. Polanski, que ya hizo un pacto con el diablo alguna vez, sabe lo que significa firmar una carta de sentencia con el innombrable, y que todo es finalmente un dead end aunque corras, saltes, escapes o grites. El gran Roman sonríe en un rincón al ver la creciente paranoia de su personaje metido en semejante aprieto. “I told you man!” le grita el director desde su silla, aunque el otro se niegue a escuchar.

El Escritor Fantasma es una gran película. La mejor de Polanski en mucho tiempo, básicamente porque es tan retorcida como los vericuetos de su laberíntica trama,  la cual nos hace gozar como dementes al descubrir cada pista falsa, cada susto improbable, cada sonrisa macabra de unos personajes perfectamente construidos. Además, se toma el trabajo de resucitar esa antigualla llamada Thriller Político para hablar de un mundo corrupto y podrido hasta lo indecible, y para reinventarlo como género citándose a sí mismo, (las citas incluyen desde Chinatown hasta La Última Puerta, y ciertos motivos visuales como ese mar negrísimo que ya vimos antes en Luna de Hiel). Hay incluso unos guiños al Kubrick de Eyes Wide Shut, aunque en verdad creo Kubrick lo estaba citando a él. Polanski  hace unos arabescos con el suspenso que te dejan apabullado, con esas elongaciones en el tiempo narrativo, dignas de un amo del universo, que puede emocionarte y también aburrirte ya no con tensión temporal, sino con maneras y gestos de personajes. Esto sólo lo consiguen los perversos de oficio, y Polanski, es indiscutiblemente el más grande perverso en  la Historia del Cine. El director le ha dado con palo a Tony Blair y a los chicos de la Casa Blanca; no ha dejado títere con cabeza. Para él, todos son la encarnación del mal sobre la tierra. Le creemos, aunque Polanski no sea ningún ángel, pero si un artista con una visión muy oscura del ser humano, que sabe lo que significa el poder del mal, cuyos tentáculos nos gobiernan en totalidad, y rigen nuestras vidas en silencio. Roman Polanski no ha perdido ni un ápice de su talento, y con esta película su obra  ha  vuelto a crecer y adquirir inesperadamente un caracter de urgencia.

Enrique Vivar

Vikingo, de José Campusano (Argentina, 2010)

Director: José Campusano
Guión: José Campusano
Musica original: Claudio Miño
Fotografía y cámara: Leonardo Padín
Producción: Cinebruto

Intérpretes: Rubén Orlando Beltrán, Armando Galvalisi, Franco A. González, Alejandro Méndez, Gabriel Rogelio Méndez, Natalia Rodríguez Gómez.

Cine Bruto es el nombre de la productora de José Campusano, el director de Vikingo. El nombre no es ninguna provocación, tampoco una burla, es un hecho. Vikingo, la película, está contada con fallas ortográficas, errores de normativa, manchones de suciedad, pero al mismo tiempo con garra y sorprendentes visos de originalidad. Por momentos parece la tarea incompleta de un alumno retraído pero inteligente, aquel apartado de la masa, que se sienta atrás, todo pelucón y metalero hasta la medula, de quien no esperas nada debido a su silencio sepulcral, y que de pronto te sorprende con un trabajo original acerca de un mundo que conoce más que el resto, evitando la caricatura o la obviedad de la radiografía estadística, y proponiendo la fundación de una mitología personal.

Vikingo (Rubén Orlando Beltrán) es Vikingo, un motero argentino, una leyenda de la ruta, un rey sin patria coronado con gorro de vikingo, sinónimo de otra era, donde la noción de aventura todavía era posible. Vikingo no avanza solo, va en comitiva, en bandada, la cual sólo se detiene cuando encuentra un lugar idóneo para vivir por un tiempo prolongado, sin que esto signifique perder el espíritu gregario y el sentido de comunidad. Moteros en el cine han habido muchos, desde el interpretado por Marlon Brando en El Salvaje (1953), pasando por los hippies de Easy Rider (1969) y el Sam Elliott de Mask (1985), mi preferido, hasta los que aparecen en aquel capítulo de Los Simpson en el que raptan a Marge para que les lave los calzoncillos. Todos siempre han sido un poco feos, sucios y malos (menos Brando), y algo de ese estereotipo aparece al inicio de Vikingo, pero pronto la película lo desecha para plantear una aproximación más autentica a este tipo de comunidad. Los moteros de Campusano huelen a verdad, a grupo humano con un código de ética y honor que hay que respetar como ley marcial, porque cuando se rompe, la sangre corre. Es un mundo violento, pero sin esta ética es aun peor. Campusano filma esta comunidad con la reverencia del discípulo, mientras que nosotros observamos todo un poco sorprendidos de encontrar esta lógica  ética en el lugar menos esperado.

Vikingo es entrañable como personaje, siempre está ahí para darle su apoyo a un amigo en problemas (con consecuencias fatales), y para moler a golpes a un hijo respondón. La familia para él es lo más importante, la cual protege como un lobo salvaje. El hombre tiene sus debilidades: las motocicletas, la grasa de motor, las mujeres, la cerveza Quilmes y el rocanrol. Vikingo es humano demasiado humano, y la falta de prolijidad de la escritura de Campusano hace que lo sintamos más cercano todavía. La verdad que destila el personaje de Vikingo no está escrita en papel, está evidenciada en un cuerpo, en una casaca de cuero, en unos cabellos largos.

Vikingo es el axis de esta historia (el director lo conoció años atrás mientras preparaba un documental y a partir de ahí perfiló la película que lleva su nombre), y Campusano es el director con pinta de metalero que está valiéndose de este personaje para construir una mitología muy particular, que no requiere ningún postizo FX digital, sólo el rugir de una legión de motocicletas encaminadas hacia el horizonte.

Enrique Vivar